Un etrusco que incita a la sonrisa

María Cappa

Héctor Alterio conmueve en La sonrisa etrusca. Engancha, enternece, enamora. No existe nada ni nadie más cuando habla. Te obliga a calmarte cuando está sereno, a estremecerte cuando sufre, a apasionarte cuando recuerda su juventud. No es un actor. Es un señor que pasaba por ahí y decidió subirse al escenario para compartir su historia.

La obra en su conjunto recuerda a esas familias alquiladas de Japón. Un hombre se siente solo y necesita querer y sentirse querido antes de morir. Héctor Alterio, Bruno, es ese hombre. El elenco de intérpretes que lo acompaña es su familia ficticia. Un grupo de actores muy bueno, sobre todo las mujeres, y especialmente Julieta Serrano, que está soberbia. Pero de última solo son actores. Y entre todos ellos un anciano cercano a la muerte cuyo último deseo es saber qué significa el amor. El amor de pareja, que encuentra en Hortensia, y el amor paterno-filial, que descubre con su nieto.

Alterio evoca el lado más tierno del entrañable abuelo de Heidi. Un hombre amargo y refunfuñador que aprende el verdadero significado de estar vivo gracias al amor desinteresado que recibe de parte de su entorno. Este señor es capaz de conectar con el público desde el primer gesto de la primera escena en el primer minuto. El público lo conoce, simpatiza con él, y acaba queriéndolo. Tanto cariño se le coge que uno no puede evitar las lágrimas que se le escapan de los ojos hacia el final de la obra.

El cartel que advertía hoy “Localidades Agotadas” en el Teatro Bellas Artes estaba justificado. La obra no tiene un solo pero. La sonrisa etrusca es, probablemente, la mejor obra de teatro que Madrid ha tenido la suerte de acoger en los últimos quince años. La ovación emocionada, casi sempiterna, que el público le dedica a Héctor Alterio no es que esté justificada; es que no puede evitarse. Casi le dan ganas a uno de subirse al escenario a abrazarlo y llorar de alegría sobre su hombro al comprobar que sigue vivo. La sonrisa etrusca, sin lugar a dudas, es la más bella de las mentiras que se ha contado en Madrid en mucho tiempo.

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