¿Jugamos a Falstaff?

María Cappa

Un grupo de adultos que juegan a ser niños que juegan a Falstaff. Esto ofrece el montaje dirigido por Andrés Lima. Y como todo juego infantil, lo interpretan con una seriedad y un rigor que terminan por hacerlo creíble. La forma de acercar la historia que se inventan para que sea accesible a todos los públicos es encomiable.

 La obra no está planteada a la manera tradicional. Está sustentada por un lenguaje simbólico y una escenografía limitada que apelan a la imaginación (y por tanto al esfuerzo) del espectador. Pero como no todos estamos educados para la abstracción, introducen la figura de un narrador que va explicando las figuras más complicadas para que podamos seguir el relato. Y por supuesto sin olvidar el lenguaje shakesperiano. Una manera inteligente de tratar a los asistentes no como si fueran tontos, sino como si no tuvieran la información suficiente.

El problema principal de Falstaff no se deriva de las tres horas aproximadas que dura la obra. La pega tiene que ver con que, aunque sea loable la intención de jugar a ser Shakespeare, no todo el mundo puede manejar el lenguaje teatral con su pericia. Que el autor inglés fuera un genio no es algo casual. Shakespeare controlaba la poeticidad del habla y era único aportando nuevos enfoques a temas tradicionales. Pero sobre todo sabía atrapar al espectador gracias a su talento nato para generar expectación y jugar con los ritmos.

Intuía cuándo frenar la acción, cuándo acelerarla, cuándo debía introducir elementos románticos y cómo, dónde y por qué potenciar el odio. A uno solo le queda sentarse y disfrutar. Y en este sentido Falstaff muestra su principal carencia. La intención de transportarnos al siglo XV mediante el lenguaje narrativo propio de la época es admirable. Pero Shakespeare solo hay uno. La tensión dramática, en ocasiones, se esconde en ocasiones tras  los actores y los juegos de luces y sombras. La comicidad, a veces, se aburre confundida por el discurso intrascendente de algunas escenas que vagan por el escenario en busca de un sentido.

 A pesar de este inconveniente la impresión general que permanece en el espectador es aceptablemente buena. El elenco de actores se encarga de aportar verosimilitud a un ambiente a veces fantástico, a veces simbólico, a veces realista. El respeto por el lenguaje culturalmente elevado se demuestra con el uso cotidiano que le dan. La satisfacción por haber entendido una obra que no es fácil en su planteo perdura dentro de uno cuando va camino a casa. El placer de sentirte cerca de Shakespeare y mirarlo a los ojos sin miedo es el mayor logro de Andrés Lima.

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One CommentDeja un comentario

  1. […] superviviente, la vanidad… La clave de una obra maestra, como dijimos cuando analizábamos Falstaff, nunca está en el qué, sino en el cómo. Y sin duda, Por el placer de volver a verla contiene […]


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