Oleanna. Crítica.

María Cappa

¿Os acordáis de la película El club de los poetas muertos? Una institución rígida, sujeta a normas que impiden cuestionar, reflexionar y por tanto pensar. Un profesor más interesado en ayudar a crecer intelectual y personalmente a sus alumnos que en someterlos al tedioso e inútil proceso de engullir información que después poder vomitar. Un suicidio. Un despido… Y de vuelta a las normas, a lo establecido, al empacho de datos en detrimento del alimento de neuronas.

La incomunicación

En la sinopsis de Oleanna la trama que se presenta es simple: la lucha de poder entre un profesor universitario y una de sus alumnas. No me voy a cansar de repetir que a partir de un planteamiento sencillo es de donde los grandes autores teatrales han extraído sus obras de arte. El motivo es claro: la vida está llena de situaciones irrelevantes y tan solo nos ofrece dos o tres momentos trascendentales. Y solo desde la realidad podemos llegar a conocer la realidad. La sinopsis también habla de un subtexto, un mensaje que hay que descifrar y que se desprende de lo que no se ve pero está ahí. En este caso la incomunicación.

Después de ver la obra tengo que discrepar. El hilo que motiva, sostiene, y conduce al desenlace de Oleanna es la lucha entre la posibilidad de tener un pensamiento libre y la incapacidad y el miedo que supone enfrentarse al hecho de lo complicado que resulta atreverse a pensar. Un profesor que motiva, incentiva y fomenta la reflexión, que siempre conlleva esfuerzo y un cuestionamiento de las estructuras que los arquitectos de nuestra educación nos construyen en el cerebro. Una alumna ignorante, aferrada a las normas, aterrada por atisbar la posibilidad de tener que usar la cabeza y sobre todo de tener que reinventarse constantemente al enfrentarse a la vida.

Ni se me pasa por la cabeza desvelar el final. La realidad, la experiencia pasada, siempre tiene la respuesta de lo que vendrá en el futuro. En lo que sí que me voy a esmerar es en incentivaros a que vayáis al Teatro Español a verla. Porque es necesario pararse a reflexionar. Porque resulta placentero sentarse a ver una obra de arte que toma vida y te contagia de emociones ajenas que asumes como propias. Por lo imprescindible que es para el ser humano darse cuenta de lo peligrosa que puede llegar a ser una persona ignorante. Porque no hay mentira más cruel que aquella que te trata de convencer de que la verdad está sujeta a normas que habitualmente han inventado cuatro. Y sobre todo porque de vez en cuando conviene recordar que pensar por ti mismo es lo único que te puede salvar de la peor de las condenas: la estupidez.

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