¿Quién es Henry Ibsen?

AndreaCaña

Considerado uno de los mejores dramaturgos noruegos, Ibsen ha sido uno de los autores que más ha influido en la prosa moderna. Subió a los escenarios los problemas del día a día de su época. Hizo especial hincapié en los asuntos de moralidad. La sociedad, desacostumbrada a este tipo de manifestaciones, rechazó su trabajo por considerarlo escandaloso, inmoral y molesto. Aún así es uno de los autores no contemporáneos más representados del s.XX.

Nuestro autor se centró desde el principio en problemas psicológicos más que en situaciones dramáticas. Escribió fundamentalmente sobre el deber que uno tiene hacia sí mismo y no sobre las convenciones sociales de la época.  Su profundo individualismo anarquista impresionó a la juventud de su tiempo, que llegaron a considerarle un escritor progresista.

Su obra más famosa “Casa de muñecas”, se estrenó por primera vez en el Teatro Real de Copenhage. Creó cierta controversia por exponer la discriminación a la que estaba sometida la mujer por aquella época. Desde entonces “Nora, su protagonista, se convierte en bandera del feminismo y su autor en el abanderado”. En palabras del noruego: “Existen dos códigos de moral, dos conciencias diferentes, una del hombre y otra de la mujer. Y a la mujer se la juzga según el código de los hombres. […] Una mujer no puede ser auténticamente ella en la sociedad actual, una sociedad exclusivamente masculina, con leyes exclusivamente masculinas, con jueces y fiscales que la juzgan desde el punto de vista masculino.”

Desde la más bella de las mentiras rendimos un caluroso homenaje al que durante algún tiempo fue un encantador revolucionario.

Un etrusco que incita a la sonrisa

María Cappa

Héctor Alterio conmueve en La sonrisa etrusca. Engancha, enternece, enamora. No existe nada ni nadie más cuando habla. Te obliga a calmarte cuando está sereno, a estremecerte cuando sufre, a apasionarte cuando recuerda su juventud. No es un actor. Es un señor que pasaba por ahí y decidió subirse al escenario para compartir su historia.

La obra en su conjunto recuerda a esas familias alquiladas de Japón. Un hombre se siente solo y necesita querer y sentirse querido antes de morir. Héctor Alterio, Bruno, es ese hombre. El elenco de intérpretes que lo acompaña es su familia ficticia. Un grupo de actores muy bueno, sobre todo las mujeres, y especialmente Julieta Serrano, que está soberbia. Pero de última solo son actores. Y entre todos ellos un anciano cercano a la muerte cuyo último deseo es saber qué significa el amor. El amor de pareja, que encuentra en Hortensia, y el amor paterno-filial, que descubre con su nieto.

Alterio evoca el lado más tierno del entrañable abuelo de Heidi. Un hombre amargo y refunfuñador que aprende el verdadero significado de estar vivo gracias al amor desinteresado que recibe de parte de su entorno. Este señor es capaz de conectar con el público desde el primer gesto de la primera escena en el primer minuto. El público lo conoce, simpatiza con él, y acaba queriéndolo. Tanto cariño se le coge que uno no puede evitar las lágrimas que se le escapan de los ojos hacia el final de la obra.

El cartel que advertía hoy “Localidades Agotadas” en el Teatro Bellas Artes estaba justificado. La obra no tiene un solo pero. La sonrisa etrusca es, probablemente, la mejor obra de teatro que Madrid ha tenido la suerte de acoger en los últimos quince años. La ovación emocionada, casi sempiterna, que el público le dedica a Héctor Alterio no es que esté justificada; es que no puede evitarse. Casi le dan ganas a uno de subirse al escenario a abrazarlo y llorar de alegría sobre su hombro al comprobar que sigue vivo. La sonrisa etrusca, sin lugar a dudas, es la más bella de las mentiras que se ha contado en Madrid en mucho tiempo.

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